El viejo vagabundo

El alcohol hace todo más llevadero, pensó sin duda. Tomo el botellín y lo apuro en un sorbo largo y cadencioso. Las últimas noches habían sido difíciles. El frío parecía no amainar. Hoy por fin salía el sol. Podría secar su ropa, las andrajosas frazadas y los cartones que amablemente ablandaban el concreto, tan frío y áspero. Se sintió agradecido, bendecido por Dios todopoderoso.

Había recorrido casi todos los rincones de la ciudad caminando, sin más posesiones que su mochila y unas cuantas frazadas. Instaló sus cosas cerca de la municipalidad, un edificio majestuoso, construido en piedra, con pilares altos y sólidos que lo protegerían del sol de mediodía. La ciudad estaba limpia e inmaculada, cuidada hasta los detalles más mínimos. Se sintió a gusto de inmediato, solo necesitaba unas cuantas chauchas para comprar una petaquita que calmara los incipientes temblores que le avisaban que no había bebido trago alguno, en horas. De la comida no había que preocuparse, en la calle abundaba, las personas desechaban platos enteros, solo había que saber dónde buscar. La gente tiene estómagos pequeños y egos muy grandes pensó el vagabundo, asintiendo.

Caminó buscando la estación de metro Salvador. En su experiencia sabía que los mejores lugares para pedir eran las salidas de supermercados, metros y terminales, o cualquier lugar donde la gente contara las chauchas, sin la posibilidad de esconder su dinero de los ojos de una persona desfavorecida como él. La gente suele avergonzarse y regala las monedas, como si debido a ello limpiaran sus conciencias, meditó el vagabundo.

Pasó la tarde sentado en las escaleras del metro agitando su vaso de Coca-Cola al ritmo que le permitían sus manos marchitas. El vaso se llenó poco a poco hasta que tomó un peso considerable. El trabajo estaba hecho. Se puso de pie con dificultad, y metió las monedas en los bolsillos de su roído abrigo haciendo que este adquiriera un peso muy parecido al de la tela empapada por la lluvia, mantuvo el equilibrio y enfiló el rumbo hacia la municipalidad, donde se había establecido temporalmente.

Ya en casa, contó las monedas una a una, formando pequeñas torres. Treinta monedas de diez, cuatro de quinientos, dieciocho monedas de cien pesos, diez de cincuenta y un solitario billete de mil pesos, más que suficiente. Se sintió agradecido, sin duda había sido una buena recaudación. Finalizó su ceremonioso conteo con una solemne persignación con los ojos en el cielo. Gracias Señor, exclamó.

Terminada su jornada, el vago caminó en búsqueda de los víveres que le hacían falta para pasar una buena noche. A esa hora su estómago volvía a tomar conciencia de su condición de vagabundo, y cómo no, si no había comido bocado sólido durante todo el día. Pese al hambre el viejo se encontraba de buen humor, así que comenzó a silbar con tono alegre y monocorde, recordando un viejo bolero porteño que había escuchado años atrás en el Cinzano. “Tranquilo viejo”, se dijo. “Has soportado las pruebas que te puso la vida, esta noche comerás y beberás hasta quedar saciado, a la salud del Señor nada más”.

Caminó por el sector buscando dónde comprar algo para comer. Encontró una panadería y pidió tres batidos y unas rodajas de jamonada. La señorita lo había mirado raro y claro, si ya no estaba en su querido Valparaíso. Así mismo buscó una boti, donde pidió un vino cartoné y una petaca de pisco sin marca. Caminó sin apurarse, esperando toparse con el antiguo edificio donde alojaba. Cruzó la calle y sonrió al darse cuenta que había llegado.

Se recostó sobre los cartones ahora secos, apoyando la cabeza cabeza sobre el concreto, acostumbrado tanto a su dureza como sus imperfecciones. Tomó una de las mantas y se tapó hasta que sus pies quedaron fuera, se quitó las botas y se acomodó sobre el costillar. Estaba listo para pasar otra noche en la soledad de la calle. Afuera Santiago enmudecía casi por completo y el vagabundo comía solo, en silencio, invisible a los ojos del mundo.

Al caer la noche, el viejo dormía plácidamente aferrado a su mochila, con el estómago endurecido y satisfecho. Sin embargo, su sueño se vio interrumpido por un agudo sonido lo suficientemente fuerte para que se sobresaltara y se golpeara en la cabeza. El viejo se la tomó y gritó enojado. “Qué mal educada es la gente, despertar a un hombre en medio de un sueño tan profundo y reparador como el mío”. A lo lejos un coche patrulla habría sus puertas, y el sonido de unas botas rebotaban en el tibio pavimento “tac tac tac”, casi al unísono.

“Buenas noches”- masculló el viejo sin acostumbrarse aún a las luces que le apuntaban a la cabeza. “¿Puedo ayudarles en algo?”, preguntó amablemente. Escuchó que alguien le respondía, sin embargo las voces no se dirigían a él, sino que hablaban entre ellas. “Vamos, el general nos dijo que nadie en las calles durante el toque, hagámosla corta “.

Así sin más, el viejo entendió todo. Empezando por las caras endurecidas y rígidas de sus agresores, hasta el apabullante despojo de vida humana en que se convertiría su cuerpo, todo cuanto pudo haber estado ligeramente vivo en ese momento, parecía haber perdido su forma, como si esta se hubiese visto despojada a la fuerza. La suerte estaba echada, ese día la vida humana había perdido su consistencia, su valor.

El primer golpe lo dejó semi inconsciente, le impactó en la mandíbula con violencia haciéndolo trastabillar, quedando a merced de sus agresores. Sintió la sangre escurrir entre sus dientes y encías, tibia y amarga, empapándole el cuello y la cara.          

El segundo llegó al estómago, fuerte y seco. Sintió cómo el aire escaseaba y cómo la visión se nublaba de a poco. Las botas cortaban el aire con rapidez, impactando en sus piernas, brazos y rostro. Ya no veía nada, una cortina de sangre le tapaba los ojos dejándolo ciego. “Qué les habré hecho” se preguntó, desvaneciéndose. Los golpes continuaron por varios minutos más. Ya no había dolor, ni miedo, ni palpitaciones, solo el sonido de los golpes metálicos magullando la carne, de un viejo moribundo e indefenso.

Al otro día, Santiago despertó con normalidad. Los niños invadieron las calles como una estampida, buscando llegar a sus colegios, arrastrando sus grandes mochilas sobre la espalda. El resto de las personas subiría a sus autos, con la esperanza de encontrar las calles vacías y tener un viaje tranquilo, pulcro y sin contratiempos. Nadie se daría cuenta  de la ausencia del viejo vagabundo. Nadie lo extrañaría esa tarde en las inmediaciones del metro Salvador, ni se preguntaría por qué los pilares de piedra yacían ahora vacíos. “Es que la gente es muy desconsiderada con el pobre” decía siempre el viejo vagabundo. “De todas formas, Dios estará conmigo y no con ellos” repetía, sonriendo.

Sobre el autor:

Nombre: Daniel Antonio Paves Lizama. Correo: Danielpavez94@gmail.com. Instagram: @deporahi

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